¿Han oído ustedes hablar del Jazz? Me imagino que sí. Ese importante género de la música cuya variedad en estilos es rivalizada por pocos, algunos de los cuales (como el Metal, por ejemplo), no gozan de tan buena fama. Pero, ¿quiénes de ustedes han escuchado el Jazz? Me imagino que pocos. Y no los culpo por ello. Al igual que el mencionado hijo bastardo del Rock, con quién ha experimentado más que el ocasional flirteo, el Jazz ha tenido que hacer su lucha por hacerse escuchar entre toda la horda de música súper-sencilla y manufacturada que los medios nos hunden a la fuerza por la garganta. O los oídos, más bien. A pesar de su variedad y riqueza e importancia cultural, el Jazz sigue siendo un fenómeno artístico esencialmente “underground”, por decirlo de cierta manera, simultáneamente para deleite y frustración de muchos fanáticos.
Otro de los géneros a los que el Jazz ha influenciado, y por los que ha sido influenciado a su vez, es el llamado Ambient, que, como su nombre parece sugerir, más que generar piezas maestras de musicalidad y técnica, se basa en la creación de ambientes (no, ¿en serio?) y estados de ánimo, con sencillas y sutiles melodías. Reluctantemente, podríamos describirlo como una versión relajada de “música de elevador”, como la llaman groseramente sus detractores (y la mayoría de la gente, más bien). Precisamente, el espécimen al que analizaremos a continuación es resultado de algún tipo de coito musical entre estos dos géneros.
Wonder Records - Febrero de 2000

Cuando los de Street View de Google se ponen artísticos...